viernes, 24 de marzo de 2017

Ante falta de anticonceptivos, venezolanos se amparan en nuevos 'rituales' sexuales

ORIANA VIELMA
Relatos del Absurdo*
Natalia tuvo que hacer cacería en cuanta farmacia 24 horas apareció en el camino. Hoy el trayecto le resulta borroso, pero esa noche recorrió en taxi junto a su pareja cinco o seis establecimientos en búsqueda del anticonceptivo del “día después”.
Todo había virado en pesadilla. Era la cuarta cita y ambos habían terminado en un hotel de Sabana Grande, zona de Caracas conocida por las opciones económicas para los amantes. Allí ocurrió el accidente: el preservativo de él falló y ella estaba ovulando.

Natalia sabía que tenía 72 horas, después de la relación sexual, para que el efecto de una píldora de emergencia resultara más efectivo. Mientras antes la tomara, mejor. Por eso salió a buscarla de inmediato. La respuesta que recibió fue invariablemente la misma en las farmacias. El producto estaba agotado. Lo halló mes y medio más tarde, pero para entonces, y después de un retraso de varias semanas que le ocasionó el susto de su vida, la menstruación ya había regresado.


Ella no es la única persona que ha experimentado trances semejantes en la Venezuela actual. La escasez se metió en la cama y enfría las sábanas de los tórtolos. En el país que guarda la mayor reserva petrolera del mundo, millones de jóvenes han sentido el rigor de la falta de anticonceptivos y ello ha mudado sus hábitos y les ha obligado a buscar con desespero alternativas para un sexo protegido.

Se amparan en rituales de abstención, poses sin penetración, retiro previa eyaculación o una planificación atada a la frecuencia menstrual. Para ellos los tiempos de crisis han caído como un baño de agua gélida, pero también han constituido una bomba en un país que tiene la tasa más alta de embarazos adolescentes de Sudamérica, el promedio de iniciación sexual más precoz de la región y donde 31 personas contraen el VIH cada día, según datos de organizaciones como Naciones Unidas y StopVIH.

Preguntar por pastillas anticonceptivas en una farmacia se ha convertido en un chiste de mal gusto. “No hija, desde hace tiempo que no llegan”, responde el responsable de un establecimiento en El Valle, una zona popular al sureste de Caracas. Parece estar resignado y agotado de ofrecer siempre esa respuesta. Un recorrido tenaz de tres meses –entre agosto y octubre de 2016– por 15 farmacias públicas y privadas de la capital venezolana seleccionadas bajo un criterio territorial, confirmó lo que todos saben: no hay anticonceptivos suficientes. Cuando se realizó la búsqueda, ninguno de los anticonceptivos costaba más de 900 bolívares, equivalentes a $0.67 en el mercado paralelo. Los precios no han variado y la disponibilidad tampoco ha mejorado.


Los ciclos de ventas son irregulares y discontinuos y por eso quien busca las píldoras tiene que multiplicarse para hacerles seguimiento. Las pocas que llegan se acaban pronto. Hay grandes cadenas que pueden pasar un trimestre con una sola marca en el catálogo de productos y los inventarios en pequeñas botiquerías comúnmente son mucho más críticos: algunas de ellas, por ejemplo, habían recibido los últimos despachos en diciembre de 2015.

Previendo una larga e infructuosa búsqueda, muchas mujeres recurrieron al mercado negro para comprar píldoras. Negocian a través de las redes sociales o con revendedores ambulantes que ofrecen pastillas anticonceptivas en las calles de Petare, considerada la segunda barriada más grande de Latinoamérica. Sin aval ni condiciones de higiene, venden el producto hasta 25 veces por encima de los precios que se encuentran controlados por el gobierno desde 2012.

EL RITMO
Es una cacería rendida a la suerte. Una ruleta rusa que no distingue entre fieles y adúlteros, humildes y acaudalados, los que se guardan para la boda y los que se entregaron en la adolescencia temprana. Todo venezolano se familiarizó con la frase: “Hoy hay, mañana no se sabe”.

Una de ellas es Isabel. Su primera menstruación le destrozó el vientre cuando tenía 10 años de edad y aún jugaba con muñecas. Los médicos le advirtieron que tenía un período irregular con derrames abundantes, propensa a formar coágulos y fuertes dolores de vientre, así que, desde hace 14 años toma anticonceptivos para mantener los cólicos bajo control. Los últimos años le recetaron dos marcas que desaparecieron por completo del mercado venezolano.


A finales de 2014 se vio obligada a cambiar de pastilla. Cansada de las alteraciones hormonales y los cambios de humor que le producían, suspendió la ingesta de anticonceptivos al año siguiente y se preparó para volver a los dolores y protegerse con el método natural del ritmo.

Ahora para someterse al deseo lo piensa dos veces. Antes del coito revisa metódicamente los “días laborales” del placer sexual que fijó en el calendario –un montón de cálculos de los momentos oportunos que se alejan de sus días fértiles– y discute junto a su pareja las frecuencias que les convienen o cuándo “acabar afuera”. Isabel se describe como una especialista del autocontrol y la moderación. Dice “estar a dieta” y mantener a raya las ganas.

La gota que derramó el vaso de la intimidad cayó en 2014 con el desplome de los precios del petróleo, principal producto de exportación de Venezuela. El gobierno de Nicolás Maduro, debilitado financieramente, redujo las importaciones y se valió del control de cambios establecido desde 2003 para restringir progresivamente a las farmacéuticas la adjudicación de divisas para adquirir productos no fabricados en territorio venezolano, entre ellos los anticonceptivos que llegan como artículos terminados al país.


Ese año, los anaqueles registraron las primeras desapariciones de ese tipo de fármaco, con estimaciones de escasez que se aproximaron a 60 por ciento. La situación se agudizó en 2016 cuando el índice se situó por encima de 90 por ciento, según la Federación Farmacéutica. Los laboratorios y proveedores internacionales del sector farmacia se quejan hoy de que el gobierno acumuló con ellos una deuda total de $4,000 millones que les impide hacer despachos masivos de productos y materias primas, lo que ha incidido en la restricción de la oferta general de medicinas.

Las consecuencias están en todas partes. Un sábado de julio Laura salió de farra con tres amigas, todas con 18 años de edad recién cumplidos. Fueron al Centro Comercial San Ignacio, referente de la rumba en Caracas. Cuando apuraba el tercer mojito, la abordó en la barra un chico guapo, “muy guapo”, remarca: “Era alto, con pelito castaño claro y ojos color ámbar. Estaba bronceado y tenía los dientes más blancos que he visto”. Hablaron unas horas, lo suficiente para sentirse cómodos e inmersos en una atmósfera de atracción. Sin más preámbulos, él la invitó a pasar una noche juntos y ella aceptó con una condición: “Solo si tienes condón”.

Hasta ahí llegó la fantasía. Laura ni pensó someterse al viacrucis de la búsqueda nocturna del preservativo en una de las ciudades más violentas del mundo (con una tasa de más de 119 homicidios por cada 100,000 habitantes ese año según el Observatorio Venezolano de la Violencia). Aunque él insistió, ella “tiró la toalla” y se fue a casa recreando lo que hubiese podido ser y no fue.

EL VIH
Para otros como Carlos, de 28 años de edad, no es un asunto de ocasión. Hace cuatro años recibió un diagnóstico que le cambió la vida: dio positivo en la prueba de VIH y se unió a otras 63,327 personas infectadas que reciben tratamiento antirretroviral en el sistema público de salud. Su compañero es seronegativo y los dos conforman una pareja serodiscordante, uno tiene el virus y otro no. Solo pueden tener relaciones sexuales si utilizan preservativos. En su caso, el sexo con protección es la decisión más responsable.

Además de esforzarse por reducir las cargas virales y mantener su sistema inmune en buen estado, la mente de Carlos sumó una nueva preocupación: para no contagiar a quien ama, debe conseguir condones. Si bien el Ministerio de Salud es el principal proveedor de preservativos gratuitos para los seropositivos –entrega un máximo de nueve unidades al mes, además del tratamiento antirretroviral– Carlos lamenta que no siempre fueron regulares con las entregas. El 2015 inició como un año difícil para la pareja, después que el suministro fuera suspendido por tres meses, de enero a marzo. Se vieron obligados a abstenerse en más de una ocasión.

La irregularidad en la distribución de preservativos inició a mediados de 2014, pero no fue sino a principios del año siguiente cuando medios nacionales e internacionales reseñaron que la escasez se había acentuado. La primera alarma fue de Bloomberg: “Caja de 36 condones cuesta en Venezuela igual que un iPhone en USA”. Un día más tarde, CNN publicó el reportaje “La escasez toca la intimidad de los venezolanos: ahora faltan condones”; seguido de “Preservativos, un lujo escaso”, del diario español El Mundo.

La demanda superó la oferta y el precio se alzó hasta las nubes. Cuando se conseguía, una treintena de preservativos costaba 4,760 bolívares, equivalente a 84.7 por ciento del salario mínimo de entonces. A principios de 2016, 11 de 24 estados reportaban escasez de condones, hasta que a mediados de ese año la situación se reguló. Marcas nuevas y económicas inundaron el mercado. Los desconfiados todavía encuentran las tradicionales, pero resultan dos o tres veces más costosas.

Eventualmente los condones llegan a los establecimientos, pero no hay garantía de un abastecimiento seguro. La vida sexual seguirá en peligro en el tercer país de Sudamérica con el mayor índice de habitantes con VIH, –11,000 personas al año contraen el virus de acuerdo con datos de la organización StopVIH– y donde se registra una tasa 101 nacimientos por cada 1,000 jovencitas de 15 a 19 años –la mayor del continente según datos del Fondo de Población de Naciones Unidas–.

Los relatos de Natalia, Isabel, Laura y Carlos son una muestra del universo sexualmente activo afectado por un deterioro generalizado y se mezclan con otros testimonios cotidianos de quienes en el metro, la oficina, la cola en la panadería, la universidad o en cualquier bar, cuentan las penurias que atraviesan por una píldora o un preservativo.

* Relatos del Absurdo es una iniciativa periodística liderada por IPYS Venezuela y CONNECTAS, que busca ofrecer insumos informativos para entender las dificultades que vive la sociedad venezolana hoy. Vea todo el special aquí

Fuente: El Nuevo Herald